Carla y Mauricio

Pasaba casi todo el día en la ventana de la habitación que su hermana biológica le había acomodado, pintando o viendo hacia el jardín, y de tarde y noche, hacia el cielo. Se sentó una vez más casi hacia el medio día, con su cabellera castaña clara suelta y desgreñada, con su torso desnudo recibiendo la suave brisa que entraba por ese ventanal que tenía en frente; el sol le daba justo en su rostro, el reflejo en sus ojos mieles los hacían ver mucho más claros, como unas hermosas canicas del más puro vidrio. Se sentó esa vez junto a la ventana a pensar si aún le quedaba alguna aspiración a futuro, qué haría con su vida de ahí en adelante… o si de verdad quería seguir viviendo. De su bolsillo sacó una viejísima fotografía de su pequeña y hermosa familia, su esposa Lucía con David en sus brazos y él sonriendo como jamás lo había hecho, sosteniendo a Isabella, era aún una bebé de dos meses de nacida.

Había una cava en la casa, recordó el hombre. Así que se dirigió hasta allí y caminó todo el lugar buscando una botella que le apeteciera. Tomó un vino tinto sin leer la etiqueta y lo descorchó sin ningún remordimiento y bebió un largo trago. Le gustó tanto, que se llevó la botella a su camino de vuelta a la ventana de su habitación. Allí volvió a beber otro amargo trago de la botella, que ahora veía como un dulce tesoro. Sintió entonces los movimientos de la tierra, pensó, y rió a carcajadas. Se sentía mareado, ebrio, quizá… Hacía muchísimos años no bebía un trago de licor. Sintió que alguien abrió la puerta de su habitación y viró a ver… Su prima Carla le saludaba desde la puerta y la cerró detrás de sí. Fue a su lado entonces, y él se levantó a saludarla torpemente, iba más bien cayéndose por causa del licor
-       ¿Estás bebiendo?
-       Un poco de vino… directo de la botella… ¿deseas un poco? Si no te importa… - Ella le sonrió y a él le pareció la sonrisa más hermosa que había visto en su vida. Ella bebió entonces de la botella y le pareció el trago más amargo que hubiese tomado jamás, le dedicó entonces una amplia sonrisa a Mauricio, quien seguía con su torso desnudo y le era inevitable no mirarlo
-       ¿Qué celebramos?
-       No sé… Estaba aquí sentado viendo esta foto… - él la invitó a sentarse junto a él al tiempo que le entregaba su precioso recuerdo. Carla la recibió y la observó – Lucía era hermosísima
-       Sí que lo era…
-       Recuerdo la primera vez que la vi – Sonrió y bebió otro trago, esta vez, sin arrugar la nariz ni el ceño – En casa de mis padres, aquí en la ciudad… Llegó ese día buscando a Jonathan, con esa altanería… me encantó desde esa primera vez, con su carácter fuerte e imponente… Ella llenaba todo el sitio con su sola presencia… y se le veía aún más hermosa cuando cargaba a su bebé y lo abrazaba y le daba todo su amor… Después fue a mi casa y toqué Claro de Luna para ella, ambos lloramos con la melodía… Nos amamos… recuerdo cuando tuvimos que decirle a todo el mundo que íbamos a casarnos, me dio algo de miedo por Jonathan, no sabía cómo se iba a tomar la noticia – sonrió – pero nos casamos y éramos tan, pero tan felices… y lo fuimos más cuando nació Isabella. – a ese punto, los ojos de Mauricio estaban enjugados, a punto de soltar un mar de lágrimas. Ella bebió un trago y él finalmente lloró, pero secó sus lágrimas rápidamente. Besó la fotografía y la volvió a guardar dentro de su bolsillo. Ella acarició su cabello y depositó un beso en su mejilla.

Ella se levantó con dificultad de aquel sofá mullido a poner música, algo de ese heavy metal que ella sabía él bien amaba, lo vio embriagarse poco a poco, sus ojos mieles brillaban al mirarla, estaba sonrojado y se sentía muy bien al lado de la mujer. Habían bebido más de la mitad de la botella y faltaba muy poco para acabarla… Carla se sentía excitada solo con ver al hombre de sus sueños ahí, con ella. Quería tener sexo con el hombre, quería desnudarlo y hacerle sexo oral; deseaba que él la penetrara salvajemente; que lamiera sus senos y lamiera su vagina también. No pudo pensar en más nada sino en eso, en ella y él teniendo sexo… ¿Hacía cuánto tiempo él no tenía sexo?

Acababa de terminar una canción que ambos cantaron a todo pulmón, cabeceándola como dos heavies… Ella bebió otro trago y él el último de la botella; sy ella no lo dudó más y fue directamente a sus labios. Lo besó mientras pensaba en llevarlo a la cama que tenían detrás de ellos, con tanta pasión, que parecía iba a quedar sin aliento. Mordía los labios del hombre suavemente y le susurró al oído casi que en un hilo de voz “estoy muy mojada… quiero echarte en esa cama y que lo hagamos como hambrientos…” Al sonar de esas palabras, Mauricio sintió que no podría controlarse, tenía el deseo de dejarse llevar con esa hermosa mujer que besaba y que acariciaba sin medida; tomó entre sus manos las nalgas redondas de la mujer y las apretaba con ansias; cada vez más crecía el deseo y sus ganas de penetrarla. El alcohol estaba ya en su cabeza, ayudándolo a desinhibirse por completo… Sentía las suaves manos de Carla desabrocharle sus jeans y quitarle su ropa interior, y la vio arrodillarse frente a él para lamer sus testículos y su pene, como si aquello fuese un helado a punto de derretirse. Sentía su boca caliente y jugosa alrededor de su miembro y sentía enloquecer. Parecía que lo tragaría en algún momento; su lengua se movía en su glande y en toda la extensión de su erección. Él gemía de placer, deseando que ella no se detuviera jamás. Carla lo sujetaba de las nalgas mientras lo traía hacia sí para comerse su miembro carnudo, y lo invitó a que la tomara de su cabeza y la moviera conforme él deseare.

Los juegos de pasión incrementaron su llama, y ella se detuvo para llevarlo a la cama, desnudarse y sentarse justo encima de él para que de esa forma, sus genitales se acariciasen. Verdaderamente que Carla estaba mojada, y solo pensaba en penetrarla como ella se lo había pedido, pero se entretuvo en sus senos y no dudó en llevarlos a su boca, con deseo desenfrenado de ella. Comenzó entonces su faena carnal, sentía la vagina apretada de su amante cerrarse alrededor de su pene erecto mientras la oía gemir muy tímidamente. Él la tomaba por la cintura, o por sus nalgas, o besaba sus enormes pechos que caían casi que en su cara… Oh, cuán excitado se sentía, cuán delicioso era tener sexo… Los movimientos de la mujer sobre él, lentos y contundentes, los llevaron a un orgasmo sin precedentes. Se dieron un largo beso después de ese encuentro; se acomodaron en la cama y casi que instantáneamente, se quedaron dormidos.

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