Paulo y Cecilia


FRAGMENTO 5 LATERNA

Al rato, tras cerrarse la puerta de su casa, Cecilia comenzaba a sentir nervios no propios de la preocupación por su Mauricio, Lucía y el bebé. Paulo Rossi estaba decidido a quedarse con ella aquella noche, a acompañarla... a hablar.

Él preparó para ambos algo de té y bebieron un poco, sentados en el sofá. Ya habían conversado de todo, y cuando no hubo más nada, el silencio sobrevino hacia ellos, llenaba los aires de un no sé qué que los hacía sentirse incómodos. Había una pequeña tensión sexual allí entre ambos. Él dejó su té sobre la mesita y comenzó a mirarla

- ¿Pasa algo? - Preguntó la mujer mientras lo miraba por encima de la taza

- ...No... no... No tengo sueño... Me siento más bien extraño... a esta hora despierto usualmente, a las siete de la mañana...

- Gracias por el té... - ella dejó la taza en la mesita también. - Tengo miedo, Paulo... ¿Qué es lo peor que puede pasar...? ¿Por qué nos da pánico la muerte...? No estamos preparados para enfrentar algo así, aún sabiendo que eso nos llega a todos al final... Dios, qué estoy diciendo...

Él pasea sus dedos por el cabello de la mujer… algunos leves impulsos eléctricos tocaban sus dedos al rozar su piel con ella. La mujer lo miró, tal vez… sentía lo mismo o más.

- Es normal que pensemos en… en lo peor… Aunque bien sabemos que hay cosas peores que la muerte…

Comenzaban a distraerse de sus preocupaciones y pensamientos. Su atención estaba fija en el otro… Paulo se sentía tan aliviado a su lado, que podría permanecer toda una vida allí, en medio de toda esa tranquilidad. Esta era sin duda, la única mujer que lo había amado por lo que era y no por lo que tenía; se sentía cómodo y libre a su lado, y apreciaba eso en ella.

La amaba.

Podría abalanzarse sobre ella, para amarla, respirar su aire, soñar sus sueños, convertirse en alguien de verdad importante para ella. No sentía miedo, y la felicidad que le traía la mujer no se comparaba con nada. El silencio había llenado la pequeña salita, mientras las luces tenues danzarinas hacían siluetas en todas partes.

- Es extraño… o más bien tonto, el no habernos buscado nunca… o no habernos dado una oportunidad… Aún tenemos vida tú y yo, y la verdad es que te amo lo suficiente como para dejarlo todo, solo por ti.

Cecilia tragó saliva mientras… veía aquellos ojos enamorados de mirada brillante. Hablaban, y decían un sincero “te amo”. Cecilia se sentía más que halagada por aquello, y se admiraba de poder sentir aquellas mariposas revoloteando por su estómago cuando estaba cerca del hombre. Esa noche, lo tenía en su casa…

- Aún estás casado…

- No porque quiera. Tú lo sabes…

Y era cierto… No firmaría el divorcio sino hasta la próxima semana. La mujer se levantó de ahí con la excusa de acomodarle un lugar en la habitación de Jonathan. aún habían en las paredes algunos posters, algunos CDs sobre un escritorio cerca a la ventana grande del costado de aquella habitación, más otros posters que estaban enrollados. Cambió algunas sábanas, y se distrajo un poco. Se sobresaltó un poco al ver a Paulo observar la habitación completa, se sentía embelesado, y sonreía un poco. Revisó los discos sobre aquel escritorio y sonrió; abrió los posters que estaban enrollados, que eran como diez. Unos pequeños, otros grandes, y todos eran de Bittersweet. Uno más grande que los demás y bastante viejo lo hizo sonrojarse un poco. Era él mismo, sosteniendo la guitarra, mientras tocaba con toda la pasión que pudo ser retratada. Una argolla que pendía de su oreja daba un haz de luz lo bastante grande como para confundirlo con un gran arete, sonrió. Recordaba a la perfección aquel concierto.

- Mis hijos crecieron escuchando tu música, y yo luchaba con ellos para que desprendieran todas estas cosas de sus paredes… - La mujer rió por lo bajo – Habría luchado ya muchos años por olvidarme de ti, y ver tu cara cada vez que entraba aquí… Dios… esto era como una prueba del destino… Pero me mudé a la capital con Mauricio una vez mi esposo murió y ya no tuve nada que ver contigo, bueno, salvo mi hijo…

- …Yo lo hubiera dado todo por que me hubieras dicho antes que tú y yo habíamos tenido un hijo.

Él se acerca a ella y deposita un beso en los labios de la mujer, sin pensarlo

- Porque yo jamás dejé de amarte, ni de pensar en ti… Es algo triste… darse cuenta en el futuro que nunca olvidaste a un amor.

Él tenía razón. Estaban ahora ahí, solos, extrañándose y amándose como siempre. Unidos bajo un mismo sentir, se besaron de forma tal, que absorbían sus alientos. Mientras que sus besos seguían, las manos de la mujer abrazaban al hombre con anhelo, tan fuerte que hablaban, sus abrazos le pedían a gritos que no se fuera nunca de su lado; retiró la chaqueta pesada del hombre, lentamente, y se abrazaron sobre la cama mientras sus labios seguían adorándose. Poco a poco sus ropas empezaban a estorbar, y tan lentamente él fue acariciando con sus dedos el cuerpo de Cecilia. La amaba con todo su ser, con toda su mente, y con toda su alma; poco a poco, fueron desvistiéndose hasta que sobre ellos no quedó ninguna prenda.

El amor prevalecía, y la felicidad ahogaba sus corazones; él besó la espalda de la mujer mientras sus dedos seguían dibujándola suavemente; la amaba más que antes; aquella llama no se había apagado nunca. La besó aún más, besó sus piernas, su abdomen… y al llegar nuevamente a sus labios, casi que con ojos enjugados le repitió en un hilo de voz lo mucho que la amaba, y lo mucho que había extrañado tenerla entre sus brazos.

La pasión se encendía cada vez más, el rubor en las mejillas de la mujer la hacían ver tierna y excitada. Bien que no tenían ambos veinte años, pero aquella madurez les era interesante, y mágica… Habían estado demasiado tiempo separados, pero ahora estaban uniendo sus cuerpos y sus almas en un encuentro que sobrepasaba los límites de lo sexual; hacían el amor como nunca antes lo habían hecho; sus corazones podían desbordarse de sus pechos mientras se mecían el uno sobre el otro. Los besos cargados de pasión nunca se detuvieron…

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